Hace unos 380 millones de años, un asteroide golpeó con enorme violencia la región que hoy ocupa el centro de Suecia.
El impacto transformó las rocas, fracturó profundamente la corteza y excavó una estructura de decenas de kilómetros de diámetro. El paisaje que existía allí desapareció en cuestión de minutos.
Pero la historia del cráter de Siljan no terminó con el impacto.
Mucho después, cuando el calor generado por la colisión ya se había disipado y el paisaje superficial había cambiado por completo, las fracturas abiertas en la corteza comenzaron a convertirse en algo inesperado: un laberinto subterráneo por el que circulaban agua, hidrocarburos y compuestos químicos capaces de alimentar microorganismos.
Los investigadores han encontrado señales de actividad microbiana que se remontan a decenas de millones de años, incluyendo evidencias de microorganismos productores y consumidores de metano, además de hongos fósiles preservados a cientos de metros bajo la superficie.
Y el descubrimiento más reciente hace que la historia sea todavía más extraordinaria: microorganismos recuperados de las profundidades de Siljan han demostrado ser capaces de producir metano activamente.
El cráter, por tanto, no es solamente una cicatriz geológica del pasado.
Es también una ventana hacia la biosfera profunda de la Tierra y hacia la posibilidad de que estructuras similares puedan convertirse en refugios para la vida en otros mundos.
Cuando un asteroide abrió una herida en la corteza terrestre
El Anillo de Siljan, conocido también como Siljan Ring o estructura de impacto de Siljan, se encuentra en Dalarna, en el centro de Suecia.
Hoy la estructura está muy erosionada. Gran parte del cráter original desapareció durante cientos de millones de años de erosión, sedimentación y modificación del paisaje.
Aun así, su geometría circular sigue siendo claramente reconocible y está asociada con lagos como el propio Siljan.
La estructura tiene aproximadamente 52 kilómetros de diámetro y es considerada el mayor cráter de impacto confirmado de Europa. Las investigaciones geológicas sitúan el impacto alrededor de 380 millones de años atrás, durante el Devónico.
Pero el número más importante para comprender la historia de la vida en Siljan no es su diámetro.
Es su profundidad.
Un impacto de esta magnitud no se limita a excavar una depresión.
Rompe la corteza.
Las rocas son sometidas a presiones enormes, se fracturan y se desplazan. Se forman sistemas de fallas y fracturas que pueden permanecer como conductos para fluidos mucho después de que el cráter haya dejado de parecer un paisaje de impacto.
Y precisamente esas fracturas serían fundamentales para la vida que apareció mucho después.
Un cráter puede convertirse en un ecosistema subterráneo
La superficie terrestre no es el único lugar donde existe vida.
A cientos o incluso miles de metros bajo nuestros pies existe una biosfera profunda, formada por microorganismos capaces de sobrevivir en ambientes oscuros, pobres en energía, con poco oxígeno o completamente anóxicos.
Estos organismos no dependen necesariamente de la luz solar.
Obtienen energía mediante reacciones químicas entre minerales, gases y materia orgánica.
Los cráteres de impacto pueden ser especialmente interesantes para esta biosfera porque las colisiones meteoríticas generan redes de fracturas y modifican las propiedades físicas y químicas de las rocas.
El impacto puede crear una especie de infraestructura geológica:
fracturas → circulación de fluidos → transporte de compuestos químicos → nichos habitables.
Siljan ofrece un ejemplo particularmente bien conservado de este proceso.
Sus perforaciones han atravesado cientos de metros de rocas sedimentarias fracturadas y del basamento cristalino, revelando antiguos sistemas de circulación subterránea. En algunos sondeos se han encontrado gases ricos en metano, petróleo y materiales bituminosos dentro de las fracturas.
La cuestión era determinar si esos compuestos eran simplemente productos geológicos o si los microorganismos habían participado en su formación y transformación.
Las primeras huellas de una biosfera microbiana antigua
En 2019, Henrik Drake y sus colaboradores analizaron minerales de carbonato y sulfuros presentes en las fracturas de las rocas de Siljan.
Encontraron algo especialmente interesante en la composición isotópica del carbono y del azufre.
Los isótopos son variantes de un mismo elemento químico que tienen diferente número de neutrones. Los organismos pueden favorecer determinados isótopos durante sus procesos metabólicos, dejando una especie de firma química en los minerales que se forman alrededor de ellos.
En Siljan, esas firmas eran compatibles con procesos microbianos relacionados con el ciclo del metano y del azufre.
Los investigadores identificaron evidencias compatibles con metanogénesis microbiana, es decir, la producción de metano por microorganismos, y con procesos que consumen metano en condiciones anaeróbicas.
Pero había una sorpresa todavía mayor.
Los minerales que registraban estas señales no se habían formado inmediatamente después del impacto.
La datación U-Pb de las calcitas indicó edades de aproximadamente 80 a 22 millones de años.
Eso significa que aquellas comunidades microbianas vivieron más de 300 millones de años después de que se formara el cráter.
El impacto no había creado necesariamente un ecosistema que apareció inmediatamente y permaneció intacto desde entonces.
Había creado algo diferente:
una estructura geológica capaz de convertirse en hábitat mucho después del desastre.
El metano: una pista de la actividad microbiana
El metano ocupa un lugar especial en esta historia.
En la Tierra, puede originarse mediante procesos geológicos y químicos, pero también puede ser producido por microorganismos especializados llamados metanógenos.
Estos organismos pertenecen principalmente al dominio Archaea y pueden vivir sin oxígeno.
Algunos utilizan hidrógeno y dióxido de carbono. Otros emplean diferentes compuestos carbonados.
En ambientes profundos, donde la energía disponible es escasa, estas reacciones pueden formar parte de redes metabólicas extremadamente lentas.
En Siljan, los investigadores propusieron que los hidrocarburos presentes en las rocas sedimentarias habían proporcionado una fuente de materia y energía para comunidades microbianas.
Los hidrocarburos procedentes de antiguos esquistos ricos en materia orgánica pudieron movilizarse a través de las fracturas del cráter y entrar en contacto con microorganismos que los degradaban.
El resultado fue un sistema químico mucho más complejo que una simple acumulación de gas.
La geología proporcionaba el escenario y la química proporcionaba el alimento.
Los hongos que vivieron a medio kilómetro bajo tierra
La historia se hizo todavía más sorprendente en 2021.
Un equipo dirigido por Henrik Drake y Magnus Ivarsson examinó muestras obtenidas de aproximadamente 540 metros de profundidad en el basamento fracturado de Siljan.
Encontraron estructuras filamentosas carbonosas que formaban redes semejantes a micelios.
Las estructuras estaban parcialmente mineralizadas y algunas contenían quitina, un componente característico de las paredes celulares de los hongos.
Los investigadores interpretaron estos restos como hifas fúngicas fosilizadas, posiblemente pertenecientes a hongos capaces de vivir en condiciones anaeróbicas.
La preservación era extraordinaria.
Algunas hifas alcanzaban más de un milímetro de longitud, presentaban ramificaciones y septos regulares, y habían quedado parcialmente incorporadas en cristales de calcita.
La calcita que envolvía las estructuras fue datada en aproximadamente 39,2 millones de años.
Eso proporcionó una referencia temporal para aquella comunidad fúngica profunda.
Y apareció una posibilidad fascinante.
Los hongos podían haber degradado materia orgánica dispersa y producido compuestos como hidrógeno, que posteriormente podrían haber sido utilizados por microorganismos metanógenos.
En otras palabras, distintos organismos podían haber formado una pequeña red ecológica dentro de las fracturas de la roca.
No había luz.
No había plantas.
No había un bosque.
Pero había un ecosistema.

Un mundo sin luz también puede tener cadenas metabólicas
Este tipo de ecosistema obliga a cambiar nuestra idea intuitiva de lo que significa “vivir”.
En la superficie, la mayor parte de la energía de los ecosistemas procede directa o indirectamente del Sol.
En el subsuelo profundo, la situación puede ser completamente diferente.
Los microorganismos pueden aprovechar gradientes químicos creados por la interacción entre:
- agua y minerales;
- materia orgánica y roca;
- hidrocarburos y microorganismos;
- sulfatos y sulfuros;
- dióxido de carbono e hidrógeno.
No necesitan ver el Sol.
Ni siquiera necesitan oxígeno.
Necesitan una reacción química que les permita obtener energía.
Y un cráter de impacto puede proporcionar una combinación excepcional de fracturas, agua, minerales y compuestos químicos.
Siljan demuestra que una estructura creada por una catástrofe cósmica puede terminar funcionando como un complejo sistema de circulación y almacenamiento de recursos para la vida.
La historia no terminó hace millones de años
Aquí es donde el descubrimiento moderno cambia completamente la historia.
Durante años, la evidencia de Siljan hablaba principalmente de actividad microbiana antigua.
Pero investigaciones posteriores comenzaron a preguntar algo diferente:
¿existen microorganismos activos allí todavía?
En 2025, un equipo cultivó comunidades microbianas procedentes de fluidos obtenidos a unos 380–400 metros de profundidad dentro de la estructura de impacto.
Los experimentos demostraron que microorganismos indígenas de Siljan podían producir metano activamente utilizando diferentes fuentes de carbono, incluido petróleo presente en el propio sistema.
El análisis metagenómico y metatranscriptómico identificó una comunidad dominada por microorganismos como Acetobacterium sp. KB-1 y Candidatus Methanogranum gryphiswaldense, asociados con una vía de metanogénesis conocida como reducción de compuestos metilados.
Este resultado es importante porque va más allá de encontrar una firma química en una roca.
Esta vez los investigadores observaron algo fundamental:
microorganismos procedentes del subsuelo de Siljan capaces de realizar activamente un metabolismo productor de metano.
El cráter que conservaba huellas de vida microbiana antigua también contiene microorganismos vivos capaces de reproducir uno de esos procesos metabólicos.
El agua también alimenta al ecosistema profundo
Los estudios más recientes apuntan además a una interacción entre el agua que penetra desde la superficie y los hidrocarburos almacenados en las rocas.
Investigaciones publicadas en 2025 indican que la infiltración de agua dulce y la biodegradación microbiana del petróleo pueden contribuir a la formación del metano encontrado en Siljan.
Esto ofrece una imagen mucho más dinámica del subsuelo.
El cráter no es una cavidad aislada donde quedaron atrapados microorganismos hace millones de años.
Es un sistema hidrogeológico activo.
El agua puede penetrar.
Los compuestos orgánicos pueden desplazarse.
Las fracturas conectan diferentes partes del subsuelo.
Los microorganismos transforman químicamente esos compuestos.
Y los productos de un metabolismo pueden convertirse en recursos para otro organismo.
La vida, incluso a cientos de metros bajo tierra, puede formar una red ecológica.
El impacto creó el hábitat, pero la vida llegó después
Esta distinción es fundamental.
Sería tentador afirmar que el meteorito “creó la vida” en Siljan.
No tenemos evidencia de eso.
Lo que indican las investigaciones es algo mucho más interesante y científicamente defendible:
el impacto creó una estructura geológica que posteriormente pudo convertirse en un hábitat favorable para comunidades microbianas.
Las fracturas proporcionaron espacio y vías de circulación.
Los sedimentos ricos en materia orgánica aportaron hidrocarburos.
El agua transportó sustancias químicas.
Y los minerales ofrecieron superficies donde podían producirse reacciones.
La vida aprovechó ese nuevo paisaje subterráneo cuando las condiciones fueron adecuadas.
Esto también explica por qué las señales microbianas encontradas en Siljan son mucho más jóvenes que el impacto que creó el cráter.
La roca puede sobrevivir a una catástrofe.
Y millones de años después, esa misma roca puede convertirse en refugio para la vida.
Siljan y la posibilidad de vida bajo la superficie de Marte
Aquí la historia adquiere una dimensión astrobiológica.
Marte está cubierto de antiguos cráteres de impacto.
Muchos se formaron cuando el planeta todavía tenía una actividad geológica e hidrológica mucho mayor que la actual.
Un impacto puede fracturar la corteza, generar calor y crear sistemas hidrotermales temporales. Después, esas fracturas pueden permanecer como conductos para agua y fluidos durante períodos mucho más largos.
Si los cráteres terrestres pueden convertirse en refugios para microorganismos profundos, surge una pregunta inevitable:
¿podrían haber desempeñado un papel similar en Marte?
La comparación no significa que tengamos evidencia de vida marciana.
No la tenemos.
Pero Siljan proporciona un análogo terrestre para estudiar qué señales podría dejar una biosfera profunda en una estructura de impacto.
De hecho, el trabajo de 2019 ya señalaba la relevancia de esta metodología para estudiar otros cráteres con posibles emisiones de metano, incluidos los de Marte.
El interés aumenta porque el metano marciano ha sido objeto de debate científico durante años.
Si algún día se encontraran minerales con firmas isotópicas y estructuras químicas semejantes a las producidas por comunidades microbianas terrestres, los estudios de Siljan podrían ayudar a interpretar esas señales.
Un cráter de impacto como refugio para la vida
La idea más profunda que emerge de Siljan es que un impacto no necesariamente representa solamente destrucción.
Desde la perspectiva de la superficie, una colisión de asteroides es una catástrofe.
Pero desde la perspectiva del subsuelo, puede crear nuevas oportunidades.
Las rocas fracturadas permiten que el agua penetre.
Los minerales reaccionan.
Los fluidos circulan.
Los compuestos orgánicos se movilizan.
Aparecen nuevos gradientes químicos.
Y allí donde existe una fuente de energía, incluso en cantidades minúsculas, puede aparecer un nicho para microorganismos.
Por eso los cráteres de impacto están adquiriendo una importancia creciente en el estudio de la biosfera profunda y la astrobiología.
Siljan es particularmente valioso porque ofrece algo que muchos otros cráteres no pueden proporcionar:
una historia que puede seguirse desde la estructura geológica hasta las señales químicas y biológicas preservadas en sus fracturas.
Lo que Siljan nos enseña sobre la resistencia de la vida
El cráter tiene unos 380 millones de años.
Las comunidades microbianas estudiadas no son tan antiguas como el impacto. Algunas evidencias se remontan a decenas de millones de años después de la colisión, y otras corresponden a organismos mucho más recientes.
Pero precisamente ahí está la lección.
La vida no necesitó aparecer inmediatamente después del impacto para que la estructura tuviera importancia biológica.
El cráter pudo permanecer como una infraestructura geológica potencialmente habitable durante cientos de millones de años.
Eso cambia nuestra forma de pensar sobre la supervivencia de la vida después de una catástrofe planetaria.
Una gran colisión puede destruir ecosistemas superficiales.
Pero al mismo tiempo puede crear refugios profundos que sobrevivan durante mucho más tiempo.
Y cuando las condiciones vuelven a ser favorables, esos refugios pueden convertirse nuevamente en escenarios de actividad biológica.
De una cicatriz cósmica a un ecosistema subterráneo
Visto desde el espacio, Siljan parece simplemente una enorme estructura circular marcada por lagos y bosques.
Pero bajo ese paisaje existe otra historia.
Hace unos 380 millones de años, un asteroide fracturó la corteza.
Millones de años después, esas fracturas comenzaron a albergar circulación de fluidos y comunidades microbianas.
Más tarde, minerales conservaron las señales químicas de su metabolismo.
A cientos de metros de profundidad quedaron preservadas estructuras de hongos.
Y hoy, microorganismos procedentes de ese mismo subsuelo pueden producir metano activamente en condiciones de laboratorio.
Siljan es, por tanto, mucho más que un antiguo cráter.
Es un ejemplo de cómo la geología puede crear las condiciones para que la vida encuentre refugio donde aparentemente no debería existir.
Y esa idea tiene implicaciones que van mucho más allá de Suecia.
Si una estructura creada por un impacto puede convertirse en un ecosistema profundo en la Tierra, quizá los cráteres de otros planetas también merezcan ser considerados no solamente como cicatrices de antiguas colisiones, sino como posibles refugios geológicos para la vida.
La roca recuerda el impacto.
Los minerales recuerdan el metabolismo.
Y, en las profundidades de Siljan, la vida continúa escribiendo su propia historia sobre una cicatriz que dejó un asteroide hace cientos de millones de años.
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