Hace 70 millones de años, los días duraban 23,5 horas

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Hoy damos por sentado que un día tiene 24 horas y que un año contiene aproximadamente 365 días.

Pero la Tierra no siempre giró así.

Hace unos 70 millones de años, cuando los dinosaurios todavía dominaban los continentes y los grandes océanos cubrían buena parte del planeta, la Tierra giraba ligeramente más rápido. Un día completo duraba aproximadamente 23 horas y 31 minutos.

Y, como consecuencia, un año solar contenía unos 372 días.

La diferencia parece pequeña.

Sin embargo, esos treinta minutos perdidos en cada día contienen información sobre una historia muchísimo más profunda: la lenta transferencia de energía entre la rotación de la Tierra, las mareas oceánicas y la órbita de la Luna.

Lo extraordinario es que los científicos no tuvieron que viajar al Cretácico para medirlo.

Encontraron el reloj en una concha fósil.

Un reloj escondido en una concha

La protagonista de esta historia es Torreites sanchezi, una especie extinta de bivalvo rudista que vivió durante el Cretácico tardío.

Los rudistas eran parientes lejanos de las almejas y las ostras actuales, pero su aspecto y su modo de vida eran extraordinarios.

Algunas especies desarrollaban enormes conchas y formaban auténticos arrecifes en los mares tropicales del Cretácico. En determinados ecosistemas, los rudistas ocuparon el espacio ecológico que hoy asociamos principalmente con los corales.

Torreites sanchezi vivía en aguas cálidas y poco profundas y podía permanecer en un mismo lugar durante años mientras su concha crecía capa tras capa.

Y precisamente ahí quedó registrada una parte de la historia de la Tierra.

Cada día dejaba una pequeña señal.

Cada estación dejaba otra.

Y el paso de los años quedó almacenado en la arquitectura microscópica de la concha.

Los científicos acababan de encontrar un calendario fósil.

La concha que registró miles de días

En 2020, un equipo dirigido por Niels de Winter analizó una concha de Torreites sanchezi procedente de Omán.

El ejemplar había vivido durante más de nueve años en un ambiente marino tropical poco profundo.

La concha presentaba láminas de crecimiento de apenas unas decenas de micrómetros de espesor. Mediante análisis químicos de altísima resolución, los investigadores pudieron seguir las variaciones registradas en esas capas.

El método era extraordinariamente preciso.

Utilizaron ablación láser para extraer cantidades microscópicas de carbonato de calcio de la concha y analizar los elementos y las proporciones isotópicas conservados en cada punto.

Cada muestra representaba una diminuta fracción de la historia de aquel animal.

Pero al reunir miles de esas señales apareció un patrón.

El día y la noche habían quedado grabados en la concha.

El equipo identificó aproximadamente 372 láminas diarias por cada año. El resultado implica una duración del día de unos 85.000 segundos, aproximadamente 23 horas y 31 minutos.

La Tierra estaba girando más deprisa que ahora.

Concha de Torreites sanchezi en un arrecife marino del Cretácico
Representación artística de Torreites sanchezi en los mares tropicales del Cretácico, cuya concha conservó finas capas de crecimiento que permitieron reconstruir la duración de los días de aquella época.

Cómo puede una concha registrar un día

La idea parece sencilla, pero el mecanismo es fascinante.

Los animales que construyen conchas de carbonato de calcio incorporan elementos químicos del agua a medida que crecen. La composición de ese material puede variar dependiendo de factores ambientales.

Temperatura.

Luz.

Disponibilidad de nutrientes.

Química del agua.

Profundidad.

Y ciclos periódicos relacionados con las mareas y la iluminación.

En Torreites sanchezi, las variaciones químicas registradas a escala diaria eran incluso mayores que las asociadas con los cambios estacionales. Los investigadores pudieron separar diferentes ritmos y relacionarlos con ciclos diarios, quincenales, mensuales y anuales.

La concha funcionaba como una especie de archivo ambiental de alta resolución.

No era simplemente una estructura protectora.

Era un registro del mundo que rodeaba al animal.

Un año no cambió: cambiaron los días

Aquí aparece una distinción fundamental.

Cuando decimos que hace 70 millones de años había 372 días en un año, no significa que el planeta tardara más tiempo en dar una vuelta alrededor del Sol.

La duración del año solar depende de la órbita terrestre alrededor del Sol y, en escalas de decenas de millones de años, puede considerarse aproximadamente estable para este propósito.

Lo que cambió fue la duración del día.

Si un día dura menos, caben más días dentro de un mismo año.

Por eso:

365 días actuales × 24 horas ≠ 372 días cretácicos × 23,5 horas.

Ambas cantidades representan aproximadamente el mismo tiempo orbital alrededor del Sol.

La diferencia estaba en la velocidad de rotación de la Tierra.

Hace 70 millones de años, nuestro planeta daba una vuelta sobre su eje un poco más deprisa.

Tierra del Cretácico vista desde el espacio con la Luna más cercana
Representación artística de la Tierra hace unos 70 millones de años, cuando la Luna se encontraba más cerca y la rotación terrestre era ligeramente más rápida que en la actualidad.

La Luna está frenando lentamente a la Tierra

La razón principal se encuentra en las mareas.

La gravedad de la Luna deforma los océanos terrestres y produce las mareas. Pero la Tierra también está girando mientras esas masas de agua se desplazan.

La fricción y la disipación de energía asociadas con las mareas transfieren lentamente momento angular desde la rotación terrestre hacia el sistema orbital de la Luna.

El resultado es doble.

La rotación de la Tierra se ralentiza.

La Luna se aleja.

Hoy, la distancia lunar aumenta en promedio unos 3,82 centímetros por año, medida mediante el seguimiento láser de reflectores colocados en la Luna y otros métodos geodésicos.

Pero aquí aparece una de las grandes trampas de la historia.

No podemos simplemente tomar esos 3,82 centímetros y multiplicarlos por 4.500 millones de años.

Si la Luna hubiera estado alejándose siempre a la tasa actual, el sistema Tierra-Luna no podría haber alcanzado su estado presente desde su formación.

La tasa de disipación de las mareas ha cambiado a lo largo del tiempo.

La Luna no siempre se alejaba al mismo ritmo

La interacción gravitatoria entre la Tierra y la Luna depende de las características de los océanos, la configuración de los continentes, la profundidad de las cuencas y otros factores que han cambiado continuamente durante la historia del planeta.

Las mareas actuales no son simplemente una versión más intensa de las mareas que existieron hace miles de millones de años.

El planeta ha cambiado.

Los continentes se han desplazado.

Las cuencas oceánicas se han abierto y cerrado.

La distribución del agua ha variado.

Y la energía de las mareas ha podido disiparse de manera diferente en distintos períodos.

Además, investigaciones recientes han mostrado que la relación entre las mareas oceánicas, las mareas atmosféricas y la rotación terrestre puede producir resonancias capaces de ralentizar temporalmente o incluso estabilizar la duración del día durante determinados períodos geológicos.

La evolución del día terrestre, por tanto, no fue una línea recta.

Fue una historia de fluctuaciones y cambios en la eficiencia con la que el planeta disipaba la energía de las mareas.

Una Tierra con días cada vez más largos

Si retrocedemos en el tiempo, encontramos una tendencia general.

La Tierra joven giraba mucho más deprisa que la actual.

Por tanto, sus días eran considerablemente más cortos.

Con el paso de cientos de millones y miles de millones de años, la interacción gravitatoria con la Luna ha contribuido a ralentizar la rotación.

Pero la palabra importante es contribuido.

La duración del día terrestre depende de varios componentes del balance de momento angular, y la evolución de las mareas ha sido especialmente importante a largo plazo.

Los registros geológicos permiten reconstruir algunos de esos antiguos estados.

Los corales y otros organismos con ritmos de crecimiento periódicos.

Los sedimentos que conservan ritmos relacionados con las mareas.

Los estromatolitos.

Y ahora también las conchas de determinados moluscos fósiles.

Cada uno proporciona una pequeña ventana hacia una Tierra que giraba a otra velocidad.

La concha también revela la vida del animal

Pero el descubrimiento de Torreites sanchezi no se limita a contar días.

La misma señal que permitió reconstruir la rotación terrestre también proporcionó información sobre la biología del rudista.

Las variaciones químicas de la concha seguían con enorme precisión el ciclo diario de iluminación.

Eso resultaba difícil de explicar si el animal dependía únicamente de la filtración de partículas suspendidas en el agua.

La interpretación propuesta por los investigadores fue que Torreites probablemente mantenía una asociación con microorganismos fotosintéticos.

La idea tenía sentido desde el punto de vista ecológico.

Un animal que vivía en aguas tropicales poco profundas podía aprovechar la energía producida por microorganismos fotosintéticos asociados con sus tejidos, de manera comparable —aunque no idéntica— a las asociaciones simbióticas que encontramos en algunos organismos marinos modernos.

La señal química de la concha proporcionó una evidencia particularmente interesante porque mostraba que la intensidad de la luz estaba relacionada con la velocidad y la química del crecimiento.

De repente, aquella concha estaba contando dos historias.

La historia del planeta.

Y la historia de su propio organismo.

Arrecife de rudistas en un mar tropical del Cretácico Superior
Representación artística de un ecosistema marino del Cretácico Superior dominado por rudistas, con la luz solar penetrando en las aguas poco profundas.

Un bivalvo que vivía como un arrecife

La importancia de Torreites sanchezi también está relacionada con su ecosistema.

Los rudistas prosperaron especialmente durante el Cretácico y llegaron a dominar numerosos ambientes de arrecife en los mares tropicales.

No eran simplemente almejas gigantes acumuladas sobre el fondo.

Construían estructuras capaces de modificar físicamente el ambiente que los rodeaba.

Sus conchas proporcionaban superficies para otros organismos.

Formaban comunidades densas.

Alteraban la circulación del agua.

Y contribuían a construir ecosistemas carbonatados enteros.

Durante largos períodos del Cretácico, los rudistas ocuparon un papel ecológico comparable, en determinados ambientes, al que desempeñan los corales en muchos arrecifes modernos.

Pero su historia terminó abruptamente.

Hace unos 66 millones de años, los rudistas desaparecieron junto con gran parte de la biodiversidad marina y terrestre durante la extinción del Cretácico-Paleógeno.

Torreites sanchezi murió millones de años antes de que apareciera cualquier ser humano.

Pero su concha sobrevivió.

Y terminó convirtiéndose en un reloj.

El Cretácico era un mundo mucho más cálido

La misma química utilizada para reconstruir los ciclos diarios puede aportar información sobre la temperatura del océano.

Los análisis del ejemplar estudiado por de Winter y sus colaboradores indicaron temperaturas marinas muy elevadas, con estimaciones que llegaron aproximadamente a 40 °C durante el verano y más de 30 °C durante el invierno en el ambiente donde vivió aquel rudista.

Es importante interpretar estos valores correctamente.

No significan que todos los océanos del planeta estuvieran exactamente a 40 °C.

Representan las condiciones reconstruidas para el ambiente donde vivió el ejemplar y forman parte de una reconstrucción paleoclimática local.

Pero sí encajan con una imagen general del Cretácico tardío como un mundo de clima de invernadero, con temperaturas globales superiores a las actuales y una distribución muy diferente del calor.

La Tierra de Torreites era, por tanto, diferente no solamente en su duración del día.

También lo era en su clima, sus ecosistemas y la configuración de sus océanos.

Un día de 23 horas y media cambia más de lo que parece

Media hora puede parecer insignificante.

Pero la duración del día controla numerosos procesos planetarios.

Afecta la duración de los ciclos de iluminación.

Modifica los ritmos biológicos.

Interviene en la dinámica atmosférica.

Influye en la circulación oceánica.

Y cambia la forma en que las mareas interactúan con el planeta.

En el Cretácico tardío, un organismo fotosimbiótico como Torreites vivía en un mundo donde la sucesión día-noche era ligeramente más rápida.

Su concha registró esa diferencia.

Y eso permite convertir una estructura biológica en una medición astronómica.

Es una de las cosas más extraordinarias de la paleontología:

un animal muerto hace 70 millones de años puede decirnos cuánto duraba un día en la Tierra.

La Tierra y la Luna como un sistema dinámico

El valor de estos datos va mucho más allá de saber cuántas horas tenía un día cretácico.

La duración de la rotación terrestre constituye una de las restricciones que utilizan los científicos para reconstruir la evolución del sistema Tierra-Luna.

Si conocemos aproximadamente cuánto duraba un día en una determinada época y podemos combinar esa información con otros registros geológicos, podemos comparar las observaciones con modelos de evolución orbital.

El resultado ayuda a reconstruir cómo pudo variar la distancia entre la Tierra y la Luna y cómo cambió la disipación de energía de las mareas.

El dato de Torreites encajó bien con estimaciones independientes anteriores, que habían situado el número de días del año cretácico aproximadamente entre 370 y 375. El estudio obtuvo 372 días y estimó una distancia Tierra-Luna de unos 383.000 kilómetros para aquel momento, compatible con modelos de evolución del sistema.

No era una cifra aislada.

Era una pieza más dentro de un rompecabezas mucho mayor.

El reloj de la Tierra está escondido en muchos lugares

La concha de Torreites es especialmente impresionante porque permite trabajar con una resolución extraordinariamente fina.

Pero no es la única manera de investigar la antigua rotación terrestre.

Los científicos han encontrado señales astronómicas en numerosos archivos geológicos.

Los ritmos de crecimiento de organismos marinos pueden conservar ciclos diarios y estacionales.

Los depósitos sedimentarios influenciados por las mareas pueden registrar ciclos relacionados con el mes lunar.

Los estromatolitos pueden conservar cambios asociados con la posición aparente del Sol.

Y algunos sedimentos antiguos contienen patrones que permiten reconstruir la interacción entre las mareas y la duración del día.

La combinación de todas estas evidencias es mucho más poderosa que cualquier registro individual.

Cada uno funciona como un reloj construido por la propia Tierra.

El día terrestre no siempre siguió una trayectoria sencilla

Los modelos modernos han revelado algo importante: la ralentización de la Tierra no ha sido uniforme.

La interacción con la Luna proporciona una tendencia general a largo plazo, pero la eficiencia de la disipación de las mareas puede cambiar radicalmente cuando cambian las condiciones del planeta.

Un estudio publicado en 2023, por ejemplo, utilizó varios registros geológicos del Devónico para reconstruir aspectos de la rotación terrestre y de la distancia Tierra-Luna y encontró señales compatibles con una evolución tectónica y oceánica que afectaba la dinámica de las mareas.

Y trabajos posteriores han mostrado que las resonancias entre las mareas oceánicas y atmosféricas pudieron producir períodos en los que la evolución de la duración del día se comportó de manera muy diferente a una simple ralentización continua.

La Luna se aleja.

La Tierra se ralentiza.

Pero el ritmo al que sucede cada cosa depende de la arquitectura cambiante del planeta.

Una máquina del tiempo hecha de carbonato

Quizá lo más fascinante de Torreites sanchezi sea que su concha conserva información en una escala que normalmente asociamos con instrumentos modernos.

Un fósil puede contarnos cómo era el clima.

Puede registrar estaciones.

Puede revelar cambios en la química del océano.

Y, en condiciones excepcionales, puede registrar incluso el ciclo diario de iluminación.

En este caso, los investigadores pudieron tomar muestras químicas con un láser en puntos diminutos de la concha, reconstruir ciclos diarios y contar cuántos de ellos cabían dentro de un año.

La precisión no procede de una única señal.

Procede de la combinación de capas de crecimiento, composición química, ciclos espectrales y patrones estacionales.

Es una forma extraordinaria de hacer ciencia.

No observamos directamente la Tierra del Cretácico.

Leemos lo que quedó escrito en sus organismos.

Y todavía podemos retroceder más

Setenta millones de años parecen una eternidad.

Para la historia del planeta, son apenas un instante.

La Tierra tiene unos 4.540 millones de años.

La Luna se formó muy temprano en esa historia, probablemente a partir de un gigantesco impacto durante las primeras etapas de la evolución terrestre.

Eso significa que la relación gravitatoria entre ambos cuerpos ha existido durante casi toda la historia del planeta.

Si podemos recuperar señales de rotación cada vez más antiguas, podremos reconstruir cómo evolucionó esa relación.

Y aquí es donde la metodología desarrollada con Torreites adquiere una importancia especial.

Los propios investigadores señalaron que las conchas de otros moluscos fósiles podrían permitir aplicar análisis multiproxy de alta resolución a materiales más antiguos y extender las reconstrucciones de la duración del día hacia períodos mucho más remotos.

Cada nuevo fósil podría añadir otro punto a la curva.

Otro día antiguo.

Otro año.

Otra posición de la Luna.

Otra etapa en la historia de la rotación terrestre.

El día que quedó atrapado en una concha

Hace 70 millones de años, un pequeño organismo vivía en un mar tropical.

El Sol salía.

La luz atravesaba el agua.

Los microorganismos asociados a su cuerpo aprovechaban esa energía.

La concha crecía.

Llegaba la noche.

El crecimiento cambiaba.

Y al día siguiente el ciclo comenzaba de nuevo.

Día tras día.

Estación tras estación.

Durante años, Torreites sanchezi fue acumulando en su concha un registro minúsculo de su existencia.

Después murió.

Su arrecife desapareció.

Los océanos cambiaron.

Los continentes se movieron.

Los dinosaurios desaparecieron.

La Luna continuó alejándose.

La Tierra siguió girando.

Y aquella concha quedó enterrada.

Millones de años después, un láser atravesó su estructura microscópica y reveló algo que ningún reloj humano podría haber conservado:

en aquel mundo, el año tenía unos 372 días porque cada día duraba aproximadamente 23 horas y media.

La concha no solo había registrado la vida de un animal.

Había conservado una pequeña fracción del movimiento del planeta.

Y en esa escala diminuta aparece una de las grandes verdades de la geología:

la historia de la Tierra no está escrita únicamente en las montañas y los continentes. También está escondida en las cosas más pequeñas.

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